“La Cama de piedra”

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“Solo el tiempo y la memoria de los justos, podrán tejer con la pluma del perdón y la restauración,  los renglones de la historia de los olvidados” *Gelfis M.

En memoria de Las Magdalenas”, las vírgenes del templo del placer.

Antes que nada, el presente memorial de estos renglones perdidos y rescatados en el vox populi de la historia de mi amado pueblo que aun acaricia su abandono y olvido, me obliga humildemente a elevar mi plegaria de respeto, sin soslayar en lo más mínimo a los y las que en su tiempo caminaron en el mismo tiempo que yo, para que hoy  se escriba este pasaje que a muchos les hará recordar una grata etapa de nuestro viejo Palizada y que a pesar de ser un tema que para muchos es atrevido, para otros innegablemente es la caricia de un tiempo que siempre soñamos y nos desdibuja en nuestro rostro, la sonrisa cómplice y algunas lágrimas de los recuerdos de la atrevida cotidianidad que todos llegamos a vivir en el ayer. 

¿Quién no recuerda al pasar por la calle Eduardo A. Heredia esquina con Mina cuando se visita a Palizada la famosa “CAMA DE PIEDRA” de los años 60′ y 70?, donde se ejercía el oficio más antiguo de la vida y en el que era más concurrido por la galantería con la que eran atendido los clientes por la Srita. Vicenta Latournerie. -Era el templo del placer, donde los amigos coincidían y los enemigos compartían la misma cama y dama que los recibía con sus encantos por la módica cantidad de doce pesos, diez para ella y dos para la renta de la famosa “cama de piedra”.

 -Indudablemente para ese entonces, era un circulante en la economía del pueblo que había y sobraba para este placer las veces que fueran, aun entrampando las prendas de oro que luego tenían como destino la casa de empeño del tío Carmen Martínez, quien compartía el mismo techo de tejas francesas que en cierta manera hasta era el anfitrión indirecto con la venta de cigarros Alas azules, Baronet, el faro, los Raleigh, los refrescos y algunos puros para los clientes que esperaban su turno en la calle del placer.

Esperar y hacer fila como se hace en el consultorio del Dr. Simi,  no daba pena ante la opinión de los que pasaban por esa calle, -era una necesidad que ameritaba hacerle un acto de justicia al cuerpo, incluso, estacionar las bicicletas que algunos llevaban y otros esperaban sentados en una banca de cemento que por cierto era el dormitorio de mi primer mascota canina que tuve de nombre “Límber” y que siempre  sacrificaba con sus malas noches y ladridos cada que había “carne fresca” para los “chitos”, era solidario con los  que hacían fila desde los doce años hasta  personas adultas.  Algunos venían de las riberas, de Jonuta Tabasco y hasta un perdido  fuereño que no quería pasar mal la noche.  Los más atrevidos y que era una odisea, era para los que tenían que llegar y regresar en la noche en cayuco, pero valía la pena, era un acto de sacrificio redentorio, pues era mejor un coito, que perder la libertad de la vida a cambio de  casarse, o lo contrario, tener que casarse para poder hacer el amor, o simplemente permanecer virgen, o en otro caso, tener una sola mujer y perderse todas las demás por conocer.

Saben acaso ustedes que, -esa casa amplia de dos aguas, abandonada por sus poseedores, que sigue sosteniendo hasta el día de hoy el techo de sus tejas francesas, que enmohecidas por el verdín de los temporales, se aferra  y se niega a derrumbarse como muchas otras que claman su restauración y conservación,  -implorando  en todo tiempo, junto a sus viejas columnas que son como brazos elevados al cielo, no ser derribada a propósito  –¿ que ahí se inició  la primera  “casa de cita” ?, una  definición si no pulcra,  pero justificable dentro del léxico de nuestros antiguos parroquianos que,  modestamente definían a estos distractores sexuales, para no ofender a los oídos pulcros de nuestra sociedad.

 Se cuenta que a finales del siglo pasado, al llegar a Palizada en un barco boga procedentes de Playa de Catazajá Chiapas, las hermanas Latournerie (Vicenta y Mary que también era conocida como Paquita) junto con su hermano “Pepón” quien trabajaba como telegrafista, estas se quedaron y ya no quisieron retornar a su pueblo de origen y en razón del circulo social acomodado del que procedían, tuvieron el favor de colocarse y codearse  con la clase “alta” de ese entonces de nuestro pueblo, siendo correspondientes con las buenas amistades y favores -y como en la política, este oficio esta metido hasta en las mejores familias en ambos sexo, el recuento histórico de los ancianos de nuestro pueblo, narra que fue el Profesor Ambrosio Gil Inurreta presidente Municipal de esos años (1 de enero de 1959 al 31 de Diciembre de 1961) le pedía a las hermanas Latournerie que le hiciera el favor de “prestarle” una recámara para verse a escondidas con sus “novias” y a cambio les daba una gratificación económica. Y fue ahí en donde Vicenta la más sociable de las dos hermanas, viendo que era el pabellón discreto de la máxima autoridad del pueblo y unos que otros del gabinete que hacían lo mismo y que además, esto redituaba para la economía de ellas, que estaban solas y sin ningún tipo de ingreso fijo, empieza el usufructo de la fama de “LA CAMA DE PIEDRA” con el bautizo simulado por una autoridad que no le cobraba impuestos y si gozaba de la protección del poder político.

No había tanto que hacer en el pueblo, solo el cine que era el distractor social colectivo  y que a la vez nos enteraba del avance de los modelos de carros, la ropa, de sucesos político, la cultura, la ciencia, la llegada del hombre a la luna y el repertorio de la época de oro del cine mexicano con las películas  en blanco y negro de los hermanos Pardavé (las del santo, Pedro Infante etc.),  y más tarde en color (con el estrellato en 1975 con la de Kalimàn) donde don Claudio Roldán Argáez fue el último de los empresarios que le dio los últimos alientos de algarabía, despidiendo al único cine de sala en los años 90, bajando el telón rojo de una época que todos los de mi época recordamos.

Quien no va a recordar ese equipo de trabajo compuesto por el Sr.Luis Cosgaya, la voz que anunciaba las películas en la XETCH y en las noches previamente en una caja-bocina en la ventana de la cabina de proyección que junto con Manuel Gómez “vapor” y el que proyectaba las películas “Chavo Zetina” nos ponía los nervios y las emociones de punta -esto me recuerda un pasaje de la película italiana “Cinema Paradiso” (1988) de Giuseppe Tornatore, donde, -por mucho que suplan las generaciones modernas a los antiguos, nunca olvidaremos a estos pequeños empresarios que le dieron vida económica a los pueblos, como lo hiciera en su tiempo don Claudio Roldan,  que por lo menos puso en venta y en buenas manos ese cine al gobierno de Antonio Cury y que hoy es un teatro.

 No podía pasar por desapercibido esta parte de esta época de nuestro pueblo, valía la pena citarla en un breve repaso de los recuerdos que,   para los 50tones o 60tones no podrán negar que, cuando pasamos frente al antiguo Cine Morón o entramos en su sala,  la memoria nos remota a esa gran sala donde todos éramos uno solo,  -Nuestro cine, el cine del pueblo,  -un lugar donde muchos encontramos al primer amor, donde llorábamos o reímos en el éxtasis  colectivo en el que nos traspasaba esas imágenes hasta el fondo de  las emociones compartidas o de las semejanzas que veíamos afuera, donde la cruda realidad nos esperaba después de la fantasía que pagábamos a peso o por dos pesos la entrada.

Muchos de nosotros, inspirados en esas películas, encontramos la definición de nuestro destino, la fantasía de lo que queríamos ser o el sueño frustrado que no pudimos realizar, por lo menos a una gran cantidad se nos cumplió protagonizar al correr de los años en nuestra vida, algún pasaje de esas grandes películas del ayer.

Antes de finalizar la última función del cine, mi tío-abuelo que me sirvió de padre, Don Alfonzo Abreu Martínez, cerraba su puesto de venta de soda, café y chocolate, quien era  conocido como “Foncho Martínez”, pero sobre todo en la época de los bailes en los años 50, porque en ese único puesto nocturno se disfrutaba las famosas garnachas de doña Amelia Martínez, madre de Foncho, Carmen, Estela y Joaquina Martínez, esta ultima mi abuela. -Recuerdo que este puesto estuvo dándole la vuelta al parque Juárez durante muchos periodos presidenciales y la memoria me reafirma que se encontraba  en su ultima fase frente al cine Morón  junto a las rejas del Parque.

 Al mismo tiempo que terminaba la función,  mi viejo Foncho, cerraba el puesto y nos acompañábamos hasta la tienda “Martínez” del tío Carmen.  Al pasar frente al templo del placer “La cama de piedra”, me salía al encuentro mi amigo Límber, quien me recibía moviendo su cola blanca como la de un zorro, con su chillido y ladrido me pasaba quejas de los sombrerudos que habían osado ocupar su banca de cemento que le servía de dormitorio y que estaba entre la tienda y la puerta de la entrada a la cama de piedra. -Para amenizar la visita, el tío Carmelo, nos mandaba a buscar las ricas tostadas y el caldo con Don Juan Solana, es decir se discutía la cena mientras veíamos las noticias en blanco y negro en su televisor.

Recuerdo que una noche de verano, donde el mosquito y los insectos nocturnos oscurecían el bombillo amarilloso del poste de luz  de la esquina, cuando  repentinamente el embeleso atraído del televisor y la degustación del caldo de pavo, me era interrumpido a la entrada de una mujer alta, semi encorvada, de complexión muy delgada, quien portaba un vestido color blanco combinado con flores de colores, por cierto muy parecido a las damas de la época porfiriata,  atada en una envidiable cintura de avispa que le calculaba de 45 centímetros que era abrazada por un cinturón delgado de color rojo. La casta de su origen extranjero se denotaba en su complexión  y en su cuello que era ataviado por un  largo collar que semejaban a las perlas blancas y que hacia juego con sus aretes del mismo estilo. -Por un momento pensé que era la misma fisonomía de la mujer que aparecía en las monedas de 5 centavos (Doña Josefa Ortiz de Domínguez), no había mucha diferencia entre las dos imágenes,  -creo que si algún cineasta en ese entonces la hubiera detectado, estoy seguro le darían  el papel principal  de la heroína de la Independencia, sin duda alguna.

Al contemplarla en detalle, vi que a un lado de su rostro, encimado a la oreja izquierda, un marchito tulipán que débilmente conservaba el color y el olor de la poca miel que le dejara el chupaflor, -un talismán al culto del amor y la pasión, que evocaba al llamado del dinero del negocio por el que  era su modus vivendus en esa soledad que solo en las noches era el lugar de la concurrencia de las malas compañías y que eran las mejores en el pueblo. -Era ella, Vicenta, (chenta) que con voz suave y aguda, entraba y se refería al tío con el siempre cariño que expresaba en su tonalidad que hasta el día de hoy la recuerdo perfectamente -“Carmito” decía, mientras pedía su compra que era su caja de cigarros Alas azules, al momento que se peinaba varias veces, descubriendo un tip nervioso de su inconsciente galantería que quería denotar.

Presumia una peineta negra larga de forma estilosa con la que arreglaba varias veces su cabello canoso que desembocaba en una cola que se asemejaba a la misma fisonomía que veía en esa monedias de cobre, a la  que cada que compraba un dulce en la tienda de las galletitas, la recordaba. Una mujer que donde pasara, cualquier persona de las clases sociales  la saludaba, -sobre todo cuando iba por su  pan  y el del tío Carmelo hasta donde estaba el puesto de chemeria y del tío Pedrito Abreu (Pedro-cotorrón) dentro del mercado.  Nunca la vi con zapatillas o zapatos cerrados, siempre de sandalia, presumiendo sus pies largos y huesudos y el faldón  que no dejaba ver la castidad de sus pantorrillas.

Antes de regresarse a seguir atendiendo a la clientela de esas noches, pasaba su mano suave sobre mi cabeza y le preguntaba siempre a mi viejo Foncho  Martínez, si ya me había curado del espanto, pues aparte de ese negocio, también sabia ensalmar y varias veces fue a la casa de mi abuela a pasarme los tulipanes y la albahaca. Mi viejo contestaba con una sonrisa de complicidad y agrado, mientras me acariciaba mi hombro pequeño de apenas 6 años.  Siempre  su carismático y encantador carácter le facilitó entrar en cualquier hogar para ensalmar a los niños de esa época y precisamente en la banca de cemento adherida al frente de su casona,  por las tardes la veía ensalmar con aguardiente, albahaca y tulipanes rojos a las niñas o niños que le llevaban, sin contar a los niños adultos que recibían otro ensalmo en las noches para bajar la temperatura del verano.

Era inevitable que en esos años de los 60 y 70, no se visitara la “cama de piedra”, a la que  independientemente de las otras casas de cita que salieron a la competencia, como la de Felipa y los cuartos de Don Roberto Martínez que los  alquilaba como los hoy conocidos “hostal” o de tiempo compartido, era la casa de cita más concurrida.

Era una osadía no degustar de las mieles del pecado. -“Amaos los unos sobre los otros” decía en chascarrillo el tío Carmen.  -Conocer el interior de esa alcoba, era el reto y el atrevimiento de un potro desbocado o de un pobre diablo olvidado que ya ni las cartas de lotería jugaba con su mujer.

Era dos alcobas, no había luz eléctrica dentro, era una discoteca a la antigua, alumbrada con las lámparas o quinqués de petróleo verde que se compraba en la Casa Ayala, sostenida en unas columnas y que hacia armonía con una mesa donde era su altar de sus familiares fallecidos, la penumbra se confundía con el humo de las lámparas y las veladoras que se ofrecían al culto.  Ahí esperaban toda las noches el  ingenuo mortal que pagaba doce pesos, dispuesto a perder su alma por unas caderas de leche y miel, que entre  dos curvas redentoras sorprendía la más prohibida de las frutas, hasta el amanecer, cuando el gallo cantaba al unísono con las campanadas del reloj de la iglesia y que marcaban la aurora del nuevo día.

Era el mismo que despertaba a todos los del gallinero del patio de la  vecindad de atrás, -en especial al gallo viejo del patio de quien fuera mi maestra de cartilla la Sra Francisca Hernández Guzmán, al que todo niño que entraba en su escuelita de la “cartilla” salía aprendiendo sea como sea, pues de los jalones de oreja no te salvabas ni de la disciplina a la que no era necesario la protectora de los criminales de hoy que es la CNDH y que agradecemos a “doña chica”, así como a la chelita Totosau, a Jovita, mandita y a las chuitas, que eran las educadoras empíricas y que hoy por ellas,  ni estamos locos, ni somos delincuentes, pese a los cocotazos que sonaban hasta el fondo de nuestra conciencia, había cariño y amor en ellas,  por ello hoy somos la generación de lo mejor de ese entones.

Recuerdo muy bien que había entre todas las odaliscas que visitaban a la cama de piedra, una que era la madre, la única de ese entonces, una institución antológica del sexo, una sirena que navegaba entre los mares y llegaba en el barco de San Joaquín por el rio palizada, -la  magdalena del encanto, “Rocío”, una singular chaparrita, caderuda, muy hermosa,  que parecía que adivinaba en los ojos de los varones mientras lo trataba, la añorada sed de comprensión, cariño y deseo que padecían sus “papitos” como ella les decía a todo sus clientes. No era necesario ser convencido con la palabra, el arte del kamasutra se quedaba minúsculo de lo que la Magdalena hacia, una diosa del éxtasis, una leyenda en su tiempo “la más señora de toda las putas, la más puta de toda las señoras, que con ese corazón con 5 estrellas,  hasta el hijo de un dios, una vez que la vio, se fue con ella y nunca le cobro la magdalena” dijera Joaquín Sabina en su canción dedicada a las Magdalenas.

La Señora Rocío no tenia tiempo de enamorarse, era un lujo que requería mucho riesgo, pues la vida era una prisa  y ella tenia un apostolado, se debía a toda la humanidad, sobre todo a los varones que no sabia decirles un NO siempre y cuando llenara sus expectativas.

 Un día con mayoría de edad, me reencontré y converse con ella, “la madre magdalena”, que así yo le puse, pues ella me confesó un día con lágrimas  en sus ojos cafés claros, que todo lo hacia por su principito azul, su  hijo único, al que tenia que mantener donde estuviera ella.  Ya era más adulta, mire a sus ojos casi apagado por el peso de los años, me acerque a sus manos ya arrugadas por el tiempo y le sonreí buscando en el brillo del escurrido maquillaje  la película del ayer, -pidió un trago que al final pagué y después de un sorbo, esquivo su mirada, paso su mano en mi mejilla y con un beso cerca de mi oído susurro, “pórtate bien hijo”, con  ese beso redentor entendí que se apagaba la “mas señora de todas las putas, la mas puta de toda las señoras”, a quien en mi tiempo nunca le faltaron el respeto, ni ellas a las esposas o a las amantes, pues a pesar de todo, creo que ellas hacían el mejor servicio social que los políticos actuales, ya que ayudaban a la economía del pueblo, aunque el cura se molestaba porque le reducían las limosnas, o el regalo destinado a la novia, que a fin de cuenta era justificable, pues no habían tantos embarazos no deseados en menores de edad; -no había tantas enfermedades, era una ayuda a la planificación familiar,  no habían contagios severos como hoy, ni mucho menos demandas por pensión alimentaria ante el eterno juez de paz que era el Profesor Gonzalo Aranda Cobos y su secretario Gustavo Martínez, (el chelo) a quienes más tarde en la época de don Carlos Cano Cruz fui su secretario de mis dos tíos a la vez, una formación que pude obtener mientras estudiaba la secundaria en la mejor Academia comercial y de taquimecanografía de doña Joaquina Delgado.

Como la magdalena de la historia de cristo, también Rocío logro encontrar un día la dignificación de su restauración y salvación,  conoció al humilde  hijo del carpintero que murió por los pecados de ella y paso el otoño de sus días en un lecho en el que al fin podía descansar su cuerpo de la gran fiesta de la vida. “No hay mayor gozo y paz para un pecador saber que  han sido rescatados, sanados, restaurados y perdonados de todos sus pecados”.

A la llegada de los nuevos antros llamados “Cabaret” que no eran más que bares donde también se daba la pasarela de las odaliscas, combinado con la venta de licor, cerveza y otras adicciones y donde siempre había violencia, cosa contraria con las antiguas casas de citas en la que nunca se dio trifulca alguna; fue entonces cuando la CAMA DE PIEDRA dejó de funcionar.  Creo que esta época se conjugaba con lo que le pasó a Rocío en el atardecer de la vida,  (a chenta, se le vino la vejez y algunas enfermedades propia de su edad de 90 años, sino es que más, pasando sus últimos días con su eterno compañero en esa casona vieja, hasta que una madruga al tío Carmelo nos pidió a mi y a mi abuela-mama lo acompañáramos en los últimos momentos de la Srita. Vicenta de la Latournerie).

Ahí estaba su cuerpo delgado, apagándose como aquellos quinqués que acostumbraba a soplarlos para darle paso a la nueva luz del día, estaba en una posición fetal,  peinada, luciendo su vestido largo y su ataviado cinturón negro, ya no era necesario pararse en la madrugada para atender un cliente más, había llegado el momento de reencontrarse con el creador, ese que conoció a María de Magdala y que le lavó sus pies con lagrimas y un perfume caro. 

Eran casi las dos de la madrugada y el reloj de la iglesia tembló en su teñir de una madrugada más, pero no era  de las mismas en las que se hacia el turno en ese lugar, fue una madrugada diferente, incluso el propio Límber entendía la solemnidad de esa silenciosa noche,  fue al momento cuando entregó su espíritu en su mismo sueño, en la misma cama del templo del placer, junto a una biblia que le leía el tío Carmen a quien se le escurría sus lagrimas por el abandono y la indiferencia de sus familiares de ella, por el cual siempre se acobijo con respeto como su amiga y compañera de el, en busca del cariño  del que nunca tuvo durante sus soledad.  Ahí contemplé y conocí la famosa cama en la que muchos dejaron sus fuerzas frustradas por un amor, sus desdenes, sus deslices en secreto, por un despecho o el simple placer de probar la fruta prohibida, la misma cama que soportó el peso de los pecados y a la vez la restauración y reivindicación de los arrepentidos, la misma cama de madera, tejida de henequén, con varios petates y una colcha, la CAMA DE PIEDRA.

*Por Gelfiz Martinez. Terminada el 24 de Septiembre 2020.

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